He tenido que esperar
algunas semanas para cavilar sobre este tema, doloroso siempre, de la depresión
en niñas, niños y adolescentes y el dramático colofón del suicidio, porque
quise ver las reacciones del imaginario social ante una situación trágica que nos
compete a todos, gobierno y sociedad civil.
La depresión infantil
no es un tema novedoso y si alguien se rasga las vestiduras solo estará
mostrando su ignorancia.
La salud mental es un
tema del derecho tanto en los adultos como en los infantes, solo que estos
últimos están es desventaja ya que no tienen las herramientas adecuadas para
resolverlo, dependiendo en todo momento de sus adultos amorosos.
El paradigma jurídico
Interés superior del niño guiará
entonces la reflexión que nos permita entender cómo es que las niñas y los
niños viven en depresión.
Recientemente, en los
últimos cuatro meses del año pasado ofrecí cerca de diez conferencias sobre
este tema y al comienzo les decía a los asistentes que la única forma de
entender este tema de una forma integral era expandiendo nuestra perspectiva.
Propuse entonces forjar el tema desde una visión antropológica, social,
política, económica, psicológica y médica.
Al final, en la
recapitulación vimos como la depresión en el adulto es un estado de conmoción
anímico, afectivo y mental, producto del continuo rechazo al que se ve
sometido, que lleva a la persona a vivir en un continuo estado de angustia, que
en el intento de darle gusto a los demás -seres amados- se olvida de sí misma a
grado de ofrendarse para el otro. Que muy a menudo cree que no lo ha logrado sintiéndose
además fracasada, y empecinada en lograr el amor del otro a como dé lugar.
Pero, ¿cómo entender
este proceso en el niño y el adolescente?
La depresión en el
adulto implica llevar las exigencias de un imperativo social inhartable y
cruento en representación mental, en esencia, como un eidos en la conciencia. Esta arrogación requirió de un constante y sistemático
maltrato asociado a un proceso evolutivo normal del pensamiento, pasando por el
pensamiento mágico, concreto y abstracto, donde este último determina la
habilidad para la representación mental.
Sin embargo, el niño
o el adolescente aún no es capaz de llevar todo ese aparato exigente y punitivo
en su conciencia.
Creo que lo dramático
en todo caso está en esta última parte de la reflexión, ya que si el niño y el
adolescente no los lleva en representación mental, los tiene irremediablemente
en presencia y esto nos deja en el fenómeno de la represión.
La represión es
entonces a los niños y los adolescentes, lo que la depresión es para los
adultos. Dicho de otra manera: al niño lo reprimen y el adulto (aniñado) se
reprime el mismo con los mandatos de su eidos.
Toda incongruencia en
la relación familiar es violencia, es represión y clínicamente se manifiesta
con conductas inadecuadas para el marco moral y ético de la familia. La niña o
el niño o el adolescente rompen con las expectativas de sus padres, de su
familia y de su sociedad.
Las niñas y niños con
gastritis, colitis, faringitis y bronquitis, crónicas; alopecia, obesidad y
otros trastornos clínicos; las niñas y niños con bajo rendimiento escolar y
conductas inadecuadas en el entorno escolar podrían estar viviendo en represión.
Si entonces lo que
está viviendo la niña o el niño o el adolescente es represión, aquí los únicos
que requieren de atención clínica psicoterapéutica
son los padres, que dicho sea de paso están seguramente deprimidos.
Alfonso Flores. Derechos
reservados. 2014.
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