La
práctica profesional en los ámbitos de las ciencias humanas y sociales pasa aún
por una prolongada crisis de carácter epistemológico. En la psicología, en la pedagogía,
en la antropología, en la sociología entre muchas otras, aún se rigen por el
planteamiento que Auguste Comte había hecho para darle un especial orden a la
investigación científica en las ciencias naturales: la visión positivista de la
ciencia.
Interventores
y científicos en las ciencias mencionadas se han afanado en una extraña
ingenuidad por saber, pero siempre desde esta ventana epistemológica
positivista, dicho sea de paso, creyéndola única opción para llegar a la
verdad. La relación sujeto cognoscente-objeto
de conocimiento en este tenor, ha sido terriblemente vapuleada.
El
positivismo llegó a México, por necesidad, en las épocas del Porfiriato, como
una manera de romper con los cinchos religiosos que aún controlaban los
espacios del conocimiento. Cumplió su función; las ciencias se beneficiaron
pero nunca evolucionaron en las ciencias humanas y sociales, a una ciencia que
apreciara los elementos subjetivos sin sacrificar la condición veritativa. Menudo
problema ya que esto ha afectado tanto la total comprensión de su objeto de
estudio, la intervención misma en cada ciencia y sus maneras de cotejar su
eficiencia.
La
relación epistemológica pasa entonces su primera gran prueba en el problema de
la posibilidad del conocimiento. En principio, el sujeto cognoscente ha sido
brutalmente anulado para dar paso a prácticas dogmáticas no necesariamente
religiosas, que muestran la incapacidad de llevar a la reflexión al sujeto
cognoscente. Luego, por una anulación del objeto de conocimiento, al no ser
variado el horizonte axiológico de los sujetos cognoscentes, todo ello en medio
de una grosera ingenuidad crítica.
La
segunda gran prueba en la relación epistémica se centra en el problema de la
esencia del conocimiento. Si queremos que el sujeto cognoscente se haga de las
cualidades del objeto de conocimiento, tenemos que dejar de lado los intentos
de medición y control de la actividad fáctica, de la interpretación, de la
explicación, para dar paso a una actividad reflexiva sobre sí mismo, mediante métodos
que permitan el develamiento de los modos y su constitución en la conciencia.
Estos métodos asegurarán la conmoción de los confines de la conciencia del
sujeto cognoscente, única posibilidad del aprendizaje.
Efectivamente
si ya se empezó a dar cuenta, estamos en el núcleo del fracaso de las ciencias
que insisten en hacer del positivismo la única opción epistemológica,
llevándolas a un sinsentido, ignorando al humano, su subjetividad y sus
aspectos más sentidos. La educación en todos sus niveles y en todos sus
ámbitos, la psicología y sus diferentes ramales, la antropología en sus
diferentes áreas y la sociología, pasan por esta vieja crisis, que por cierto
se enseña puntualmente en todas las universidades públicas y privadas del país.
Que
el ciudadano viva en la plenitud y en la armonía pasa por la forja de una
sociedad equitativa y respetuosa. Hacerlo implica una metódica y permanente
tarea de llevar a los pueblos a la reflexión de sí en la relación con los
demás. No es el positivismo en las ciencias, sino las nuevas vertientes
epistemológicas -que llevan cien años en Europa- las que permitirán el acceso a
una nueva manera de hacer ciencia. El positivismo solo ha favorecido el control
de los poderosos -estatales y fácticos- sobre los pueblos en desventaja.
Alfonso
Flores Hernández. Derechos reservados. 2014.
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